La delincuencia en la Región ha alcanzado niveles alarmantes, evidenciando un escenario de crisis, que desafía tanto a los vecinos como a las propias autoridades encargadas de velar por su seguridad.
La reciente situación que le tocó vivir a un comisario inspector, quien resultó ser víctima de un ataque delictivo perpetrado en su propio hogar, ilustra de manera contundente la magnitud del calvario que se vive en toda la geografía platense por ese flagelo.
El asalto cometido contra el comisario, puede tener una doble lectura. Por un lado, se trata de un caso más de violencia urbana, que viene a engrosar las estadísticas delincuenciales. Pero al mismo tiempo, la “audacia” de los ladrones para vulnerar la seguridad de la casa de un agente, resalta la falta de escrúpulos y la impunidad que impera hoy por hoy en las calles de la Ciudad.
Es que a pesar de que el riesgo de un enfrentamiento armado era alto, los delincuentes decidieron proceder, lo que sugiere que los intrusos están dispuestos a todo.
El caso viene a abonar el razonamiento que aflora entre los miles de platenses cada vez que un policía se convierte en víctima de la inseguridad: “Si le roban a ellos, que nos queda a nosotros”. Y es en esta instancia que la sensación de desamparo se hace más palpable.
Tomando como punto de partida la participación de varios asaltantes, los investigadores analizan un único escenario posible: el de la planificación cuidadosa y un conocimiento previo del entorno.
El incidente ocurrió en la calle 146 entre 42 y 43, cuando el uniformado se encontraba descansando, después de haber cumplido con su jornada laboral.
Según fuentes cercanas al caso, el policía fue sorprendido por cuatro individuos fuertemente armados, que entraron a su vivienda para despojarlo de sus pertenencias.
Dispuestos a todo, los agresores mantuvieron al oficial bajo amenaza durante casi una hora, mientras llevaban a cabo una búsqueda exhaustiva en el interior de la casa.
Durante este tiempo, dos de los asaltantes se encargaron de custodiar al numerario, asegurándose de que no intentara escapar ni pedir auxilio.
Finalmente, los delincuentes lograron encontrar y llevarse los ahorros del policía, cuyo monto no ha sido detallado hasta el momento.
Una vez satisfechos, los criminales abandonaron el lugar, huyendo en un Chevrolet Agile, que estacionaron a pocos metros.
Según trascendió, pasadas las 4.30 de la madrugada en la zona se escucharon al menos dos detonaciones.
Frente a esto, aún no hay certezas si fue un intercambio de disparos o si los delincuentes efectuaron tiros para amedrentar aún más al uniformado.
Este hecho remite de forma ineludible al caso que sufrió el pasado martes un arbolito, que fue atacado a tiros en inmediaciones de Plaza Alsina.
De norte a sur, ambos episodios demuestran que cada vez más los vecinos se ven obligadas a modificar su rutina, adaptándose a un entorno hostil donde la seguridad se ha convertido en un lujo.
Alarmas, rejas, cámaras de seguridad. Todo se instala pero nada parece surtir el efecto deseado.
A esto se debe sumar que los efectos de esta inseguridad no se limitan al ámbito físico; también generan un impacto psicológico.
La constante preocupación por la seguridad personal y familiar transforma la rutina diaria al punto de ubicar el tema en el orden de las obsesiones. No es para menos, ya que como se dijo anteriormente, si un comisario inspector no está a salvo, ¿quién puede sentirse realmente seguro?
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